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Archivos Mensuales: enero 2012

Hay un viejo parado frente a una de las calles. Se inclina lentamente hacia la piscina, como si volcase en un gesto las últimas reservas de sus fuerzas.  Se agacha, con la punta de los dedos roza el suelo y se levanta después. Se agacha de nuevo. Con lentitud se levanta, pero nunca se endereza. Enmarca una imagen cómica y desafortunada al mismo tiempo, y parece que no estire musculo alguno de su cuerpo. 

Cuando uno vive agachado parece que necesite acercarse bien al suelo para, al levantar, sentirse totalmente de pie.


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Medimos el tiempo en forma de quesitos de un Trivial. “A las 8h00 entro a trabajar”. “En 10 minutos me marcho”. “A las 12h45 dentista”. “Sólo 5 min más.” Es en las vacaciones, cuando parece que las horas pasan de manera circular, girando al ritmo de la forma verdadera de un reloj. “Cuando me levante me voy a la playa”. “Después de comer, una siesta”. “Un rato más y recojo”. “Cuando venga ella, me voy yo”. Algunos genios se obsesionaron con el tiempo trivial, y terminaron dañados de locura. Los viejos y los niños, no conocen los quesitos, es por eso que , a menudo, el tiempo les envuelve en un circulo tras otro, como una angustiosa espiral que no parece que termine.

 

No recuerdo demasiadas cosas que ocurrieron cuando era pequeña. En realidad, no recuerdo demasiadas cosas en general. Quizás tenga un sentido especial para vivir cada instante. La virtud de gozar un minuto, de sentir tan solo el presente. Todos dicen que olvido con facilidad, y piensan que soy un despiste. No les quito la razón.

Pero, hay momentos que recuerdo como si los viviese a la vez que describo.

Aquella tarde mamá preparaba un té, o un café, tampoco importa demasiado, para merendar y bajábamos al parque de la vuelta de la esquina, o quizá al que quedaba en la siguiente manzana, que tenía más columpios. Yo iba agarrada fuerte de su mano, la apretaba tanto que a las dos nos sudaban, pero no nos molestaba en absoluto. Con la otra mano, dibujaba caracoles agitando el aire y le decía que viviría siempre con ella, que no quería tener marido, ni mujer, ni otra familia, sólo quería cogerle siempre de la mano. Entonces, sin poder ni querer evitar esbozar una sonrisa, me contó algo que no olvidaría ni aunque escurriesen toda mi cordura.

–       Neuet, ¿sabes el cuento de Mamá Oso?

Y sin esperar una respuesta, que ya conocía, contó esta historia como quien canta una canción:

–       Mamá Oso da a luz a sus ositos cuando la naturaleza así lo quiere. Les enseña todo lo que ellos necesitan saber para sobrevivir en el nuevo medio que les recibe. Les enseña a cazar para comer, les enseña a defenderse cuando existe un peligro, a esconderse, a descubrir, mientras ellos le enseñan a educar. Una vez aprenden todo lo que deben, Mamá Oso se da la vuelta, comienza a caminar y, sin echar la vista atrás, continúa su camino, porque sus hijos ya no son sus hijos, son hijos del mundo.

 

Gracias a esta historia comprendí, que lo mejor que puedo dejarle a mis hijos no es una gran fortuna, una casa, ni una libreta de ahorros. Lo mejor que puedo regalarles es la capacidad ser independientes para que se conviertan en escultores de su propia historia.


Pieds Nus conoció la historia de Amelie tras encontrar olvidada la cuchara con la que solía romper la capita de azúcar caramelizado de la Crème brûlée, en un café de París. Ella le enseñó a comprender que la vida es un cultivo de pequeños placeres.

Ahora dedica parte de su tiempo a esbozar sonrisas en rostros ajenos, con sencillos gestos, como tejer una historia que nunca ocurrió, o quizá sí. Y desde entonces, también anda siempre descalza… Para sentir aquello que pasa, a menudo, desapercibido, como el calor de la tierra. No pide nada a cambio porque soñar con esta idea ya le produce tal sentimiento de grandeza, que hace cobrar sentido a su viaje por el mundo.

Como Amélie, que prefirió soñar hasta alcanzar la edad para irse de casa, Pieds Nus prefiere soñar por la red hasta el momento de volver al mundo real.

Ella no tratará de cambiar tu vida, como Amelie, pero sí de hacerte sentir un instante, e inundarse de gozo imaginándote sonreír, o incluso, adivinar asomarse una diminuta lágrima, germinada por una emoción pasajera.

<<Esta es sólo la presentación de lo que puede convertirse en un espacio para soñar unos minutos al día. Pronto podrás conocer la primera historia, de este viaje junto a Neuet por la red. Quizá el espacio te parece insípido, comprende que estás presenciando todavía el aterrizaje.>>