Endereza

Hay un viejo parado frente a una de las calles. Se inclina lentamente hacia la piscina, como si volcase en un gesto las últimas reservas de sus fuerzas.  Se agacha, con la punta de los dedos roza el suelo y se levanta después. Se agacha de nuevo. Con lentitud se levanta, pero nunca se endereza. Enmarca una imagen cómica y desafortunada al mismo tiempo, y parece que no estire musculo alguno de su cuerpo. 

Cuando uno vive agachado parece que necesite acercarse bien al suelo para, al levantar, sentirse totalmente de pie.


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