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Archivos Mensuales: agosto 2012

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Me sentía perdido sin uno de ellos. El vagar por las calles sin rumbo ni destino me angustiaba, atropellado por un interrogante, temeroso de andar formando círculos moribundos. Con la insoportable sensación de dejar escapar lo más hermoso, de perderme cada detalle, por minúsculo e insignificante que pareciese. Hasta que no estaba seguro de conocer bien aquello que me rodeaba no me sentía satisfecho, tranquilo, completo. Un mapa. Es justo lo que necesitaba, y lo primero que buscaba, cuando pisaba las grandes ciudades, los pequeños pueblecitos de montaña, las costas más abarrotadas y hasta los áridos desiertos.

Ella caminaba a mi lado. Adoraba guiarla, llevarle a los lugares más remotos, sin vacilar, sintiendo que nada ni nadie podía desorientarnos porque en mis manos tenía el camino, estable, seguro, aparentemente imborrable. Al contrario que a mí, a ella le incomodaba sentirse en un espacio delimitado. Se ahogaba al verse inmersa en un trazado de líneas dibujadas sobre un papel. Se encontraba cuando se sentía perdida.

Un día fui yo quien la perdí, y nunca antes me había sentido tan absurdo. Todos mis mapas, sus indicaciones, se volvieron entonces un montón de sinsentido. Códigos indescifrables, un lenguaje de imposible interpretación. Calles que no me llevaban a ninguna sonrisa. Caminos que no conducían a caricias amables. Flechas que indicaban hacia ninguna dirección. De nada sirvieron mis desatinados esfuerzos por orientarme, mis incansables búsqueda ni mis atajos favoritos. Así que me deshice de ellos.

Camino, desde entonces, vagabundo. No sé cómo, ni cuando, ni por dónde voy, pero sé qué es lo que quiero encontrarme. A ella, en medio de ninguna parte, para que dé sentido al viento que le sopla a mi rumbo.

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