Lo sencillo

 

 

Dormíamos. A penas a un metro del calor que desprendía su sueño, sin llegar a rozarlo, imaginaba hasta la figura de su aliento. Mis ojos se cerraban y sabía que, al abrirlos, respiraría todavia el mismo espacio, estrecho, hermético, asfixiante. Ambos despertares bailarían callados en el aire, caliente, pesado, casi insoportable, sin llegar a mezclarse con libertad. El ambiente, compuesto de una cordura exagerada, dibujaba dos almas cercanas a ninguna parte, pero cada una miraba en distinta dirección, ligadas por la impensable locura de darse la vuelta en un instante y cambiarlo todo. La locura disfrazada de utopía alimentaba un sueño compartido que, siempre agonizando, no dejaba de morirse de hambre, sólo por la remota idea de que así, simplemente como estaba, resultaba todo más sencillo.

 

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