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Archivos Mensuales: mayo 2013

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Y los ochenta y pocos. Esa generación desbordada que estudió para aprender. ¿Algo más bonito? Si no fuese porque también pensamos que nos serviría para trabajar. Algún día que nunca llega. Pero también despreocupada, que espera ver cerrarse este paréntesis, tras un chasquido. No. No puede ser tan largo. No puede ser un paréntesis. Debe ser punto y aparte, y escribamos otra historia.

Sólo se me ocurre viajar. Y cada vez estoy más enganchada al café y menos a tus besos. Porque el concepto de pareja no lo comprenden ya ni mis calcetines. Tan suyos. Tan desorientados.

Me mojo sin llegar a empaparme. Y sigo sin reconocer la lluvia. Será esta fobia a los paraguas, o la seriedad que le falta a mis dos canas. Tan jóvenes, tan tempranas, ¡e inexpertas!. Pero, ¿a quién le importa?, dime. Tan desocupadas.

Y mientras tanto vendamos sueños para comprar esperanzas. Aprendiendo a dejar de ser nosotros, para pensar en nosotras. Cada vez menos mayores. Y más lejos de casa.

-Mamá quiero ser artista.- Venga ya, no están los tiempos para andar soñando. Parece que nunca lo son. Ni cambiando el chándal por vaqueros. Ni después de haber empapado más que nadie sensación de vivir.  

Y reinventamos la ilusión, porque nos hicieron invencibles. Y creímos vencer al miedo, sin haberlo siquiera conocido. Ellos. Que lo escondieron tras la esquina, pensando quizá que lo habían sufrido lo bastante por nosotros. Nosotras, y nuestro primer móvil. ¡Tan independientes! Aquél entonces…

Ellas. Que nos dieron todo lo que les faltó. Que quizá les faltó recordarnos lo que costaba. Hijas del silencio aconsejado -cuando lo mejor fue pasar desapercibido. ¿Quién nos empujará a ser protagonistas?- Madres, de las buenas formas. ¡Que tanto nos quisieron! Y ahora, que tan poco nos comprenden.

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amelie enfadada

El avance se lleva también cosas bonitas– empujo más letras que dibujo y no puedo remediarlo-.

Echo de menos escribir a mano.

Bailar el lápiz.

Ensuciarme los dedos de tinta con complejo de libertad.

Equivocarme. Y tachar sin esconder. Morder indecisa la tapa, antes de dejar huella. Porque las palabras se camuflan bajo el típex, pero nunca desaparecen.

Hay una tecla asesina que calla los inconscientes. Y yo sólo pienso en arrugar el papel, no convencida.- y poder desplegar los errores, cuando me venga en gana, que para eso son míos-.

Divertirme por no entender mi propia letra. Pero siempre reconocerla.

Y esas tildes. Tildes gigantes, que acentúan sensaciones. Tildes sin medida.

No separar las yemas de los dedos, no se escurran las palabras. Dejarlas resbalar, como quien comete un desliz. Deslices con sabor a principio. Principios con olor a libros viejos.

Prolongar. Que es tan frío este teclado. Tan perfecto, que enmudece. Y de pronto, todos mimos.

Imborrable, como un pensamiento espontáneo. Y única. Inimitable, como un momento, quiero mi letra.

Inclasificable en tipo.Incorregible, ni en negrita, ni en cursiva. Y siempre en minúscula. Bueno, casi siempre.

Imperfecta como la vida. Que pasa sin darnos tiempo a corregirnos demasiado.

¿“Acaso las palabras se duermen cuando apagas el ordenador”?