Ebria de libertad

no me atormentan los sinsentidos,

Columpiada por los segundos

no me preocupa ver las horas,

Inclinada sobre las tardes

no me asustan las mañanas,

Si tapases mis ojos hoy

seguiría escuchando al mundo (que me llama).

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Me sentía perdido sin uno de ellos. El vagar por las calles sin rumbo ni destino me angustiaba, atropellado por un interrogante, temeroso de andar formando círculos moribundos. Con la insoportable sensación de dejar escapar lo más hermoso, de perderme cada detalle, por minúsculo e insignificante que pareciese. Hasta que no estaba seguro de conocer bien aquello que me rodeaba no me sentía satisfecho, tranquilo, completo. Un mapa. Es justo lo que necesitaba, y lo primero que buscaba, cuando pisaba las grandes ciudades, los pequeños pueblecitos de montaña, las costas más abarrotadas y hasta los áridos desiertos.

Ella caminaba a mi lado. Adoraba guiarla, llevarle a los lugares más remotos, sin vacilar, sintiendo que nada ni nadie podía desorientarnos porque en mis manos tenía el camino, estable, seguro, aparentemente imborrable. Al contrario que a mí, a ella le incomodaba sentirse en un espacio delimitado. Se ahogaba al verse inmersa en un trazado de líneas dibujadas sobre un papel. Se encontraba cuando se sentía perdida.

Un día fui yo quien la perdí, y nunca antes me había sentido tan absurdo. Todos mis mapas, sus indicaciones, se volvieron entonces un montón de sinsentido. Códigos indescifrables, un lenguaje de imposible interpretación. Calles que no me llevaban a ninguna sonrisa. Caminos que no conducían a caricias amables. Flechas que indicaban hacia ninguna dirección. De nada sirvieron mis desatinados esfuerzos por orientarme, mis incansables búsqueda ni mis atajos favoritos. Así que me deshice de ellos.

Camino, desde entonces, vagabundo. No sé cómo, ni cuando, ni por dónde voy, pero sé qué es lo que quiero encontrarme. A ella, en medio de ninguna parte, para que dé sentido al viento que le sopla a mi rumbo.

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El silencio es menos incómodo a tu lado.

 

El olor a café de mis mañanas se marcha con prisas si no logra despertarte.

 

Las noches de lectura sin tu presencia callada se me hacían menos raras.

 

Las noticias tienen menos sentido sin tus críticas.

 

El té es más insípido en mis labios sin saborear tus palabras de sobremesa.

 

La poesía es menos poesía si cuando la leo no estás para ignorarme.

 

A mis días le faltan especias. Especias morunas que, cuando están no consigues distinguir,

pero su ausencia descubre lo insulso de un momento acostumbrado.

Extraña paz la que se siente cuando ocurre “nada que hacer”. Paz desconsolada, sin quehaceres cotidianos. Extraña, como una vieja sin nietos, ni meriendas que preparar. Como una niña aburrida de imaginación.

Extraña.

Extraña como una parada de larga duración desorientada. Parada. Parada como en un semáforo, sin luz roja.

Confusa y extraña.

Pero la curiosidad despierta extrañando. 

Y te descubre el sabor que deja esa película que te invade de apetito. Ese café amable de la ciudad donde encontrar la sonrisa expontánea de un desconocido que deja de ser un cualquiera. Te presenta a esa Amelie interior que siembra pequeños e insignificantes placeres de lo irremediablemente pasajero donde recoger esa paz, que no atormenta. La paz de un momento inesperado.

Esa, a quién encuentras y no aquella que te persigue.

Hay un viejo parado frente a una de las calles. Se inclina lentamente hacia la piscina, como si volcase en un gesto las últimas reservas de sus fuerzas.  Se agacha, con la punta de los dedos roza el suelo y se levanta después. Se agacha de nuevo. Con lentitud se levanta, pero nunca se endereza. Enmarca una imagen cómica y desafortunada al mismo tiempo, y parece que no estire musculo alguno de su cuerpo. 

Cuando uno vive agachado parece que necesite acercarse bien al suelo para, al levantar, sentirse totalmente de pie.


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Medimos el tiempo en forma de quesitos de un Trivial. “A las 8h00 entro a trabajar”. “En 10 minutos me marcho”. “A las 12h45 dentista”. “Sólo 5 min más.” Es en las vacaciones, cuando parece que las horas pasan de manera circular, girando al ritmo de la forma verdadera de un reloj. “Cuando me levante me voy a la playa”. “Después de comer, una siesta”. “Un rato más y recojo”. “Cuando venga ella, me voy yo”. Algunos genios se obsesionaron con el tiempo trivial, y terminaron dañados de locura. Los viejos y los niños, no conocen los quesitos, es por eso que , a menudo, el tiempo les envuelve en un circulo tras otro, como una angustiosa espiral que no parece que termine.

 

No recuerdo demasiadas cosas que ocurrieron cuando era pequeña. En realidad, no recuerdo demasiadas cosas en general. Quizás tenga un sentido especial para vivir cada instante. La virtud de gozar un minuto, de sentir tan solo el presente. Todos dicen que olvido con facilidad, y piensan que soy un despiste. No les quito la razón.

Pero, hay momentos que recuerdo como si los viviese a la vez que describo.

Aquella tarde mamá preparaba un té, o un café, tampoco importa demasiado, para merendar y bajábamos al parque de la vuelta de la esquina, o quizá al que quedaba en la siguiente manzana, que tenía más columpios. Yo iba agarrada fuerte de su mano, la apretaba tanto que a las dos nos sudaban, pero no nos molestaba en absoluto. Con la otra mano, dibujaba caracoles agitando el aire y le decía que viviría siempre con ella, que no quería tener marido, ni mujer, ni otra familia, sólo quería cogerle siempre de la mano. Entonces, sin poder ni querer evitar esbozar una sonrisa, me contó algo que no olvidaría ni aunque escurriesen toda mi cordura.

–       Neuet, ¿sabes el cuento de Mamá Oso?

Y sin esperar una respuesta, que ya conocía, contó esta historia como quien canta una canción:

–       Mamá Oso da a luz a sus ositos cuando la naturaleza así lo quiere. Les enseña todo lo que ellos necesitan saber para sobrevivir en el nuevo medio que les recibe. Les enseña a cazar para comer, les enseña a defenderse cuando existe un peligro, a esconderse, a descubrir, mientras ellos le enseñan a educar. Una vez aprenden todo lo que deben, Mamá Oso se da la vuelta, comienza a caminar y, sin echar la vista atrás, continúa su camino, porque sus hijos ya no son sus hijos, son hijos del mundo.

 

Gracias a esta historia comprendí, que lo mejor que puedo dejarle a mis hijos no es una gran fortuna, una casa, ni una libreta de ahorros. Lo mejor que puedo regalarles es la capacidad ser independientes para que se conviertan en escultores de su propia historia.